Dónde empezó todo: la primera pregunta que me llevó al impacto

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Mi trabajo en impacto no comenzó con una metodología ni con un marco teórico.
Comenzó con una pregunta incómoda.

Mi entrada al mundo de la medición y gestión del impacto no fue planificada.
Surgió a partir de una necesidad concreta y, sobre todo, de una brecha evidente entre lo que hacíamos y lo que podíamos demostrar.

A partir de 2011 trabajé en Chile en programas de apoyo al emprendimiento, acompañando a emprendedores y microempresarios mediante formación y consultoría. Durante tres años implementé diseñamos e implementamos formaciones y consultorías, convencida (como lo estábamos todas las personas del equipo) de que estábamos generando una contribución significativa en la vida de las personas y sus negocios.

Hasta que un día en una reunión con una organización que financiaba gran parte de nuestro presupuesto, nos preguntó con total naturalidad: “¿Qué ha pasado con quienes participaron? ¿Cómo están sus negocios ahora?”

Tras explicarles toooodo lo que hacíamos orgullosos, fue recibir un “and… so what?

Contábamos con encuestas de satisfacción, que son útiles para evaluar cómo fue percibido lo que habían recibido las personas beneficiarias, pero insuficientes para conocer resultados, cambios o mejoras en las condiciones de vida de las personas.

Ese fue el punto de inflexión.

Comprendí que cualquier intervención, para ser pertinente y responsable, requiere responder a tres elementos fundamentales à Tesis de impacto:

  1. Justificación: por qué existe el programa y cuál es la necesidad que intenta atender. Describir la situación inicial con datos relevantes que expliquen la intervención.
  2. Solución: describir que hará la iniciativa de acuerdo a la justificación, para ver que responde de forma adecuada al problema identificado.
  3. Impacto: qué cambio se espera generar y cómo se relaciona con la estrategia de intervención.

Y, a partir de ahí, otro elemento clave: Evidencia: cómo demostramos que lo que hacemos realmente funciona.

Este razonamiento junto a una asesora externa nos llevó a construir mis primeras aproximaciones a modelos de cambio y estructuras básicas de medición. Fue también el inicio de la necesidad de contar con sistemas de información que permitieran un seguimiento más riguroso.

Mi paso por Acción Emprendedora, como Directora Académica, dar un paso más en la metodología de formación de adultos enfocada en emprendimiento, hacia la definición de posibles cambios en cada una de las dimensiones de análisis que definimos como equipo. Sistematizamos una metodología de trabajo, con todos los equipos de los centros de emprendimiento, se diseñaron manuales, instrumentos, lo que permitió ir midiendo qué sucedía.

Más adelante decidí profundizar y formalizar esta práctica estudiando un máster en Barcelona y me especialicé en medición y gestión del impacto. A la par llegaron nuevas experiencias la Fundación Oportunitas, donde trabajé en la medición y evaluación de microcréditos y en Open Value Foundation aprendí de inversiones de impacto. Posteriormente mi trabajo como consultora, me permitió conocer varios sectores y comprender patrones comunes: la importancia de la coherencia estratégica, la necesidad de priorizar, y el valor de contar con estructuras organizacionales que permitan tomar decisiones informadas.

Con el tiempo confirmé que la medición y gestión del impacto no es solo un proceso técnico. Es un sistema que vincula propósito, recursos/actividades/productos y resultados; un mecanismo de aprendizaje que permite mejorar; y una herramienta estratégica que da luces en contextos complejos.

Ese “and …. so what?” es el punto de partida de una práctica que hoy defino como esencial para cualquier organización que quiera comenzar por este camino.

Y tú, ¿Estás midiendo los resultados de tu intervención?

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